GESTIÓN EMOCIONAL DEL ERROR: INTRODUCCIÓN

DeporteCienPorCien estrena hoy una serie de artículos relacionados con la gestión del error en el deporte, con un especial enfoque en el balonmano. Se trata de un modelo que propone el psicólogo David Sierra, que puedes leer completo aquí, con ocho pilares que vamos a explorar durante las próximas semanas. A raíz de la conferencia ‘Gestión Emocional del Error en el Deporte’, organizada por We Share Handball en 2018, Sierra recoge las ideas allí expuestas y la experiencia del Instituto Innova acompañando equipos y profesionales en contextos de complejidad. Así, recupera y profundiza en esta cuestión para ofrecer una reflexión que estimule repensar los esquemas convencionales de entrenamiento, con sus límites y potencialidades y, si cabe, enriquecer las líneas de actuación para deportistas y equipos.

David Sierra es Licenciado en Psicología y Consultor especializado en psicodinámica de grupos y desarrollo de equipos de alto rendimiento. Tiene un Postgrado en RRHH y Consultoría de Procesos. MIT Sloan Business Process Design for Strategic Management Program. Es Coordinador del Área de Rendimiento Deportivo del Instituto Innova. Autor de varios artículos especializados sobre equipos y sistemas de trabajo. Es asesor en el rol de liderazgo. Además, es parte del staff consultor del Seminario Internacional “Liderazgo, Innovación y Poder” del Instituto Innova.


Foto: Pascal Le Segretain/Getty Images

Valdría la pena distinguir, por un lado, el error como ‘desviación observable de un resultado deseado’ y por otro, la emoción que emerge como ‘anticipación de la acción o valoración subjetiva de este error’. Y añadiríamos, desde un enfoque de rendimiento, un tercer elemento: la acción posterior. La preparación emocional haría referencia a aquellas condiciones y procesos generados que facilitan que la acción de rendimiento posterior sea lo más eficiente y efectiva posible.

Si observamos la práctica generalizada, daría la sensación que predomina el siguiente supuesto: las emociones provocadas por un error son interferencias que deben aplacarse en base a ‘repetir’ y ‘corregir’ de forma sistemática el acto deportivo, y de esta manera, tendrá lugar un aprendizaje natural. Quizás esta expectativa contenga, en el fondo, una tesis hereditaria y determinista. Es decir, si bien la preparación física, técnica y estratégica requieren de una sistemática de entrenamiento, lo emocional descansa en la genética y solo aquellos/as que heredan este don podrán gestionarse en situaciones límite. Si esta fuera la asunción de base, sería fácil olvidarse de la disciplina y persistencia que requiere afianzar esta solidez emocional.

Por otro lado, cuando aludimos a este tema, es usual recurrir a los máximos estandartes del deporte: nuestros héroes y heroínas consagradas, que representan la máxima expresión de este talento ante la adversidad. Son modelos de referencia que tienen, sin duda, una función movilizadora y ejemplarizante para todos/as las deportistas que han emprendido este camino. No obstante, también corren el riesgo de ser confundidos/as como lugar de destino, olvidando que cada uno/a ha tenido que construir su propio proceso personal e intransferible, invisible muchas veces a nuestros ojos.

Lo mismo sucede con las cualidades excelsas que les proyectamos. En el lenguaje cotidiano suenan, a todo volumen, los misteriosos atributos de: fuerza mental, resiliencia, seguridad, autocontrol, etc. En el fondo creemos que su pleno alcance proporcionará un poder oculto hasta que descubrimos, por el camino, que son abstracciones idealizadas. Al final, el secreto del famoso ‘control mental’ al que tanto aludimos, no es tal secreto, sino que es accesible con la preparación adecuada y reside en lo más terrenal. En el fondo, el trabajo consiste en lograr que nuestros/as deportistas y equipos se conviertan en antifrágiles (tomando el neologismo de N. N. Taleb). La antifragilidad es más que la resiliencia o la robustez; lo robusto aguanta los choques y sigue igual, lo antifrágil mejora. Hoy en día esta es una propiedad imprescindible ya que, dice Taleb, “se nutre de los errores y los shocks imprevisibles para seguir evolucionando, de la misma manera que los huesos humanos se fortalecen cuando están sometidos a la tensión”.

El enfoque propuesto tiene un carácter sistémico, atendiendo tanto a factores internos individuales del/la deportista, como a las condiciones sociales y culturales de su entorno cotidiano de entrenamiento. A continuación lo resumo en tres ideas principales, cuyo desarrollo estará más detallado en las siguientes entradas:

  • Conexión cuerpo-mente: Trabajar esta conexión da lugar a una mayor autoconciencia y regulación de las propias emociones, y por ende, a una toma de decisiones más efectiva ante los obstáculos que se presentan en la práctica deportiva. Muchas de las metodologías usuales de gestión emocional se han basado en técnicas cognitivas del ego (autocontrol, pensamiento positivo, autodiálogos, imaginación, etc.), dejando en un segundo plano tanto la corporalidad como la especificidad de la actividad deportiva y sus estímulos externos. La tiranía del modelo cognitivo ha relegado el físico a un estatus inferior y al servicio de la mente. La propuesta aquí consiste en redescubrir las propias percepciones sensoriales y retomar posesión del cuerpo y sus reacciones, y no a la inversa. Esta es la capacidad propioceptiva sensomotriz como prerequisito de una adecuada gestión emocional y hacerlo de manera que el/la propio/a deportista se convierta en autodidacta.
  • Equipo como contenedor: Cualquier deportista se encuentra siempre en un ecosistema social (entrenador/a, staff de soporte, familia, etc). Un entorno maduro para una adecuada gestión emocional es aquel que ayuda a identificar y anticipar los estados anímicos adversos de los/las deportistas y gestionarlos de forma efectiva. En ellos se da el clima de confianza para articular con palabras todas las emociones ambivalentes que resultan difíciles de exteriorizar (culpa, miedo, inseguridad, duda…), reduciendo su impacto y liberando su carga psíquica para la siguiente acción deportiva, individual o colectiva. El equipo se convierte aquí en un espacio que contiene emocionalmente y contribuye a la auto-contención del/la propio/a deportista, facilitando el aprendizaje ante el error y liberando su potencial.
  • El entrenador/a como modelo: En el diseño de estas condiciones, el/la entrenador/a tiene un papel de liderazgo importante. Ello requiere de una aproximación que combine el tratamiento empático y personalizado de cada deportista así como el conocimiento de las dinámicas grupales que inciden en determinados estados anímicos. Entender estos fenómenos y saberlos canalizar ahorra muchos costes innecesarios de soluciones parciales o improductivas. Por otro lado, su función requiere de un auto-conocimiento profundo de su propio rol y reacciones, así como de los valores que transmiten sus prácticas cotidianas de entrenamiento. Estas modelan y conforman, consciente e inconscientemente, un significado específico en relación a la cultura del error que impregna en el equipo.

En las siguientes entradas se desgranan los pilares de este modelo. Se trata de puntos que no representan una técnica o método aislado, sino que ilustran una faceta del conjunto como modelo integral. Estas son las entradas que puedes leer:


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