BALONMANO EN DINAMARCA: VENDER LA EXPERIENCIA

Lo primero que me dijo mi padre cuando me mudé a Dinamarca fue: BALONMANO. Y no se equivocaba. En Dinamarca hay mucho balonmano y se vive de una forma especial. En estos meses he pisado casi diez pistas diferentes de todo el territorio y he tenido la oportunidad de entrevistar a algunas de las mejores jugadoras del mundo. Por eso, porque me he sumergido en la cultura balonmanística del país os contaré desde mi perspectiva todo lo que he podido observar.

Foto: København Håndbold

Antes de nada, lo primero y más importante que debo reconocer es que el fútbol también está por encima del balonmano en Dinamarca, especialmente en lo que se refiere a número de espectadores y de visionados en bares. No nos engañemos… Pero -y este pero es fundamental-, el balonmano está por encima de cualquier otro deporte a nivel cultural. Me explico: el balonmano se respira en cada rincón. Cada pueblo, por pequeño que sea, tiene equipo de balonmano -casi siempre masculino y femenino-, y con una estructura profesional. Los jugadores son estrellas -Kristina Mulle Kristiansen, por ejemplo, participa en programas de televisión del estilo ‘Ven a cenar conmigo’-. En las series, cuando una amiga le pregunta a otra qué tal le fue la cita de anoche, esta responde que el chico “solo sabía hablar de balonmano”.

Todo el mundo sabe de balonmano. Incluso la gente a la que no le gusta, sabe qué equipo es el bueno y qué jugador o jugadora está en una buena racha. Fijaos el nivel: cuando se proclamaron campeones del mundo de balonmano masculino el pasado mes de enero, los autobuses llevaban la bandera delante, algo que hacen exclusivamente cuando es el cumpleaños de algún miembro de la familia real. Y que conste que aquí la Reina es muy querida.

Foto: Odense HC

En Dinamarca el balonmano se respira y se vive. En lo que llevamos de liga, la media de espectadores por partido es, en algunas pistas, envidiable. Por ejemplo, club con más asistentes es el Team Esbjerg, con una media de más de 1.700 espectadores por partido. Siete equipos, exactamente la mitad de la HTH Ligaen, superan con creces la media de los 1.000 asistentes por encuentro. Muchos de los equipos, además, llenan el 75% de sus pabellones. Algo envidiable. En el caso de la Champions League, el Odense -que tiene una población equivalente a Donosti- ha tenido una asistencia de entre 1.700 y 2.500 espectadores, mientras que el rango del København Håndbold se sitúa entre los 1.200 y 1.500. Y todo esto teniendo en cuenta que la mayoría de poblaciones son pequeñas si las comparamos con las ciudades españolas que albergan balonmano femenino. Ikast, por ejemplo, tiene una población de 15.000 personas y un pabellón con una capacidad de 2.500 asistentes.

Olvidémonos de cifras: no es solo que los pabellones estén llenos, sino que la gente no deja de animar ni un segundo. En todos los partidos hay aplaudidores para todos los espectadores y siempre hay un par de bombos que animan: cada vez que ataca su equipo, los bombos y los aplaudidores suenan, sea el minuto que sea, vaya ganando el equipo local o no, esté el partido igualado o no. Y si el final es intenso, los espectadores viven los últimos ataques de pie. Cada equipo tiene un grupo de aficionados que se desplazan en todos sus partidos -las distancias son cortas, también hay que decirlo-.

Foto: Nykøbing Falster Håndboldklub

El balonmano se vive porque se le vende una experiencia al espectador. En algunos pabellones, cuando entras por el hall ves figuras de cartón a tamaño real de cada una de las jugadoras. En la pista, hay pancartas con sus caras. Todos los equipos tienen mascotas. Hay equipos, como el Nykøbing Falster, que tienen su propio himno y que proyectan el videoclip -con las jugadoras como protagonistas- antes de los encuentros. Las presentaciones de los equipos siempre se hacen con focos, humo y música a todo volumen. Algunos equipos, durante la presentación chocan las manos entre sus jugadoras y van a chocar la de los aficionados. La gente se divierte, no solo por lo que ocurre en la pista, sino por toda la experiencia del partido. Los espectadores llegan una hora antes del partido, se reúnen en el bar del pabellón y comparten su visión del encuentro con sus colegas. Cuando el partido termina, algunas jugadoras se van a tomar un café con los aficionados en el mismo bar. Depende de la hora de juego del partido, antes o después del encuentro hay una cena con los voluntarios en el mismo pabellón: en el caso de que sea a posteriori, algunas jugadoras se suman a la comida.

Si debo destacar algún defecto del balonmano en Dinamarca -porque no todo es perfecto-, ese es el del trato a la prensa. No porque sea malo, sino porque es diferente a cómo gestionan la presencia de periodistas los clubes con una estructura más profesional en España -que, por desgracia, son pocos-. Si en España contactas con el club y te acreditas -sí, con una acreditación física-, en Dinamarca en el mejor de los casos te apuntan en una lista. Podríamos decir que hay menos control de la prensa: los periodistas llegan y se sientan, les vale con enseñar su carné de prensa personal. Y no hay zona mixta; toca bajar a la pista y perseguir a jugadoras -esto es lo que sucede también en la mayoría de canchas españolas-. Pero siempre hay excepciones: el Odense trabaja muy muy bien, probablemente por las directrices de la EHF, y en todos sus partidos hay una zona mixta llena de periodistas.

Y este interés también es latente en las empresas. Las compañías invierten en balonmano y los equipos aprovechan cada espacio para sacar partido de ese interés. No solo en las camisetas no cabe más publicidad, es que hay patrocinadores hasta en las mopas, en los cartones gigantes de las jugadoras, en cuñas por megafonía antes de los partidos, los aplaudidores son directamente publicidad… En Nykøbing Falster, cada vez que había una exclusión aparecía una publicidad en las pantallas y simultáneamente por megafonía y, si no iba mal encaminada, era de una asesoría legal o un bufete de abogados -una idea que me pareció brillante-. Cada espacio puede ser rentable, solo hace falta ser creativo.

Foto: Jan Christensen / Getty Images

Dinamarca siempre ha sido tierra de balonmano femenino. Si todo lo anunciado antes os ha parecido una maravilla, imagináoslo multiplicado por diez, porque sí, la crisis también mermó equipos en los países nórdicos y se deshincharon algunos clubes. Sus números históricos son envidiables: por ejemplo, dos clubes daneses suman seis Champions League en total, el Viborg HK y el Slagelse FH, que ganaron tres cada uno -curiosamente, una de las estrellas mundiales, Bojana Popovic, jugó en los dos-, y su selección tiene un palmarés increíble: tres oros olímpicos (1996, 2000, 2004), un oro mundial (1997), tres oros europeos (1994, 1996, 2002), dos platas mundiales (1962, 1993), dos platas europeas (1998, 2004) y tres bronces mundiales (1995, 2013). Aparte de todos estos números, su competición doméstica permanece en el top5 europeo dsde hace años y años. Sus clubes siempre están presentes en las rondas finales de las competiciones continentales más prestigiosas, este año ha clasificado a cuatro de los ocho cuartofinalistas de la EHF y mantiene a dos clubes entre los 12 mejores de Europa -disputando la fase principal de la Champions-.

Pero para mí, lo más importante no son los números. En Dinamarca no se trata de cuánta gente practique balonmano o cuántos aficionados hay en un pabellón, que aun así son cifras muy superiores a las de España. Lo mejor es que el balonmano está en la cultura, en el ambiente del país. No es cuánta gente lo vive, sino cómo se vive. En Dinamarca se respira balonmano y, quizás, no iría mal adoptar algunas de las iniciativas que el país nórdico utiliza para vestir nuestro deporte. Estáis invitados a verlo con vuestros propios ojos.


Que el balonmano de mujeres español pueda estar entre los 7 primeros de Europa en 2022 es...

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