SEGUNDAS OPORTUNIDADES

Alba Albaladejo

6am. Suena el despertador. Pongo los dos pies en el suelo y algo me acuchilla lentamente hasta los sóleos. Voy hasta el baño. Vaya, también el glúteo. Cuando intento vestirme gritan los dos hombros. Me siento a desayunar. Ahora la espalda. Mis tres últimos años de balonmano.

Cuando Vicente me pidió colaborar para DeporteCienPorCien era imposible negarme. Alguien que ha dado tanto y tan desinteresadamente, visibilizando lo que ha ocupado por completo 16 años de mi vida, merecía algo más que un sí. Y como el maestro que llega cuando el discípulo está preparado, así llega esta oportunidad de abrirme públicamente y por primera vez sin miedo.

Esto va de echar puertas abajo. De tirar muros. De liberarte de aquello que en algún momento te aisló de los demás y de la realidad. Un muro perfecto, abismal, que se fue construyendo piedra a piedra, muy poquito a poco, sin que pudiera darme cuenta siquiera. Un muro tabú. De los que te cambian la vida. De esos sobre los que cuesta mucho hablar por el miedo al qué dirán, por la vergüenza de haber dejado que se autoconstruyera y creciera y creciera hasta acorralarme por completo.

6am. Suena el despertador. No quiero poner los pies en el suelo. No quiero abrir los ojos. No quiero volver al mundo consciente. No quiero levantarme de la cama. No quiero ducharme ni comer. No quiero vivir.

Vivir… qué bonito es vivir. Hay muros transformadores. En una ocasión leí que lo bueno de los muros es que te protegen de los demás. Lo malo, que te mantienen a ti dentro, aislada, prisionera.

Mi muro lo escalé hace ya casi 4 años. Hoy termino de derribarlo. Me siento vulnerable, pero también libre. Y fuerte. Muy fuerte.

Estuve tras él un larguísimo y duro año. Cuatro años después os lo presento con la esperanza de que ayude a alguien a identificar el suyo, a saltarlo y a echarlo abajo. A no avergonzarse. A no tener miedo de ser juzgado. A ser fuerte y ser libre.

Foto: Alba Albaladejo

Se llama Depresión.

Depresión casi acaba conmigo. Con apenas 25 años toqué fondo. El fondo más oscuro y profundo que puede tocarse. Puede decirse que volví a nacer un 30 de diciembre de 2013.

Tengo un hermano y una hermana. Son maravillosos. Los amo con locura. Con todo mi corazón. Mi hermano es el mediano. Mi hermana, la pequeña. Yo soy la mayor. Diablos, se suponía que yo debía protegerlos a ellos. Pero fueron ellos quienes me protegieron a mí.

Aquel día mi hermano solamente preguntó: ¿por qué? Y allí estaba yo, sobre sus brazos, completamente rendida, soltando todo aquello que me había estado atormentando sin decir ni una sola palabra. Y él tampoco la dijo. Una conversación sin palabras. La mejor y más sincera conversación que hemos tenido nunca.

Dicen que tocar fondo no está tan mal. Que una vez tocado ya solo puede irse hacia arriba. Pero nadie te dice lo dura que será la subida. Nadie te dice lo diminuta y pequeña que vas a sentirte en esa brutal ascensión llena de enormes rocas que se deslizan por la pendiente. Nadie te dice que algunas veces podrás sortearlas y otras te van a golpear tan duro que desearás no haber nacido.

Solo recuerdo oscuridad. Latidos en el pecho tan fuertes como si te estuvieran golpeando sin descanso. No eres más que un maldito saco de boxeo. Un maldito saco de boxeo incomprendido. Un maldito saco de boxeo que tiene que buscar cada mañana un maldito motivo para levantarse de la maldita cama y ponerse una maldita sonrisa de mentira que mantenga la compasión de otros bien alejada, mientras acudes a terapia y tratas de sobrevivir. Porque el fondo ya lo tocaste. Y volviste a nacer.

Solo recuerdo oscuridad. La de las noches dando vueltas y más vueltas en la cama. Sin poder pegar ojo, preguntándome una y otra vez por qué esto y por qué aquello. Por qué a mí. Cómo. Y cuando consigues pegarlos te despierta una pesadilla todavía más cruda que la propia realidad en que vives.

Solo recuerdo oscuridad. La del pabellón al salir la última del entreno. La de la soledad de quien se ha dejado todo en la cancha aunque todo lo demás no acompañe. La de las lágrimas que no aguantaban más, contenidas durante todo el entrenamiento porque la tristeza se hace la dueña absoluta de tu vida, y no pregunta antes de entrar. La soledad de sentirte juzgada, de ser la jugadora que antes valía y que ya no. La soledad que se siente cuando te abandona tu autoestima.

Solo recuerdo oscuridad. La oscuridad de sentirte sola. De no poder contarle a nadie qué demonios está pasando por tu cabeza y por qué. La oscuridad de no poder sincerarte. La soledad de estudiar en casa los partidos mientras piensas que el resto del mundo no quiere saber de ti.

Solo recuerdo oscuridad. La de la ansiedad que me producía competir. A mí, precisamente a mí. A mí que cuanto peor se ponían las cosas más me ponía jugar. A mí, que nunca di una bola por perdida. La ansiedad de querer demostrarle al mundo que podía con esto. Con esto que nadie sabía. Pero que me comía por dentro.

De las piedras que fueron conformando aquel muro que casi me cuesta la vida no hablaré hoy. Ni mañana. Es demasiado complejo.

De las personas que me extendieron su mano o de las que no, tampoco. No sería justo. Ni siquiera sé si me perdonarán abrirme hoy de esta manera. Todos estos años han respetado mi silencio. Nunca se volvió a hablar del tema. Como si estuviera reservándome para este momento.

Foto: Alba Albaladejo

Tengo clavadas las palabras de una jugadora. Era un partido sin mucha historia pero con mucha historia. Un equipo necesitaba los dos puntos para seguir arriba. El otro para salir del descenso:

– “Qué pena. Ni con nosotras juegas”.

Ese día no respondí. Hoy es una jugadora con muchísimo futuro, de las que gusta ver jugar. Ojalá estés leyendo esto. Me dejaba cada día la piel en la cancha para jugar. Y me dejaba cada día la piel para encontrar un motivo para seguir. Estaba librando, en silencio, la batalla más dura de mi vida. Lo fácil hubiera sido esconderse. Voltear la cara y marcharme. Dejar de jugar. Pero aunque muchas veces dudé, algo me decía que podría saltar aquel muro rocoso. Y cuando lo consiguiera me iba a arrepentir enormemente de haber abandonado el que había sido mi modo de vida durante tantos años, y además hacerlo de aquella manera tan cobarde. No era mi estilo. Depresión podría con todo excepto con mis principios. Esos no. Son el legado que me han dejado mis padres.

Aquel 30 de diciembre fue un antes y un después. Tuve que medicarme. Los efectos secundarios eran terribles, problemas gastrointestinales, vértigo, mareo… me negué a tomar medicación para poder dormir porque estaba prohibida por la Agencia Española de Protección de la Salud en el Deporte. Mi familia me insinuó dejarlo. Unos estaban a favor y otros en contra. ¿Pero qué explicación iba a dar? ¿Me voy porque estoy triste? ¿Me voy porque estoy padeciendo una enfermedad llamada Depresión, estigmatizada por la sociedad y que afecta a más de 2,4 millones de personas en España y que padecen 1 de cada 5 futbolistas? Yo  fui feliz jugando a balonmano. Y por Dios, ¡tenía que volver a ser feliz!

Hablemos mal para entendernos: Depresión te jode la vida. Literalmente. A Depresión se la suda si tienes un plan, o dos, o tres. Se la suda si tienes tu vida perfectamente estructurada y planeada. Depresión lo va echar todo abajo, hasta lo que creías indestructible: el amor de los tuyos.

Hace que te sientas ese maldito saco de boxeo que te mencionaba antes. Crees que los tuyos han dejado de quererte. Que tus amigos te juzgan. Crees que has dejado de ser quien eras. Que el mundo confabula para que tú no seas feliz. Sola. Absolutamente sola. Y lo único que eres capaz de exteriorizar es toda esa frustración que ahora sí, de verdad, te deja sola.

Aquella temporada 2013/14 entendí lo que es el deporte. Perdimos nuestra segunda final de Copa consecutiva contra Bera Bera. Fue en Alcobendas. Mi familia decidió acompañarme. Había tenido que lidiar con demasiadas cosas aquel año y entendieron que debían arroparme.

Perder no duele. No al menos inmediatamente después de perder. Perder duele de verdad cuando llegas a la habitación del hotel, te encuentras con tus padres y rompes a llorar en sus hombros. Perder duele cuando les confiesas: “no es justo, ha sido un año de mierda”. Y ellos no saben qué responder. Porque saben lo difícil que ha sido para todos llegar hasta allí. Y no hablo del hecho de plantarte en una final por segundo año consecutivo. Hablo de encontrar ganas de vivir y seguir adelante. Y plantarte en una final. Y ser útil.

Me llevó casi un año encontrar la salida. Liberarme.  Y me ha llevado otros tres (años) sentarme hoy aquí a hablar de ello.

Foto: Alba Albaladejo

La primera pregunta que hice a mis terapeutas el día en que recibí el alta fue: “¿volverá a pasarme?” Y continué: “¿seré de esas personas propensas a deprimirme y con tratamiento crónico de por vida? Tengo miedo.”  Y ellos contestaron: “NUNCA. Has aprendido la lección. La tristeza es inevitable, y también necesaria. Has aprendido a protegerte. Ahora te avergüenzas pero pronto esto será una anécdota más.”

Volví a nacer. Hice cambios. Sacudieron mi mundo para desordenarlo y resulta que aquella sacudida, en realidad, lo ordenó todo.

6am. Suena el despertador. Pongo los dos pies en el suelo. Me estiro. Bostezo. Miro a un lado y me gusta lo que veo. Voy hasta el baño. Me miro al espejo y me siento orgullosa de lo que veo. Me visto, pero como no sé que ponerme, me pongo feliz. Me siento a desayunar. Leo las noticias. Vuelvo a mirar a mi alrededor. Me gusta lo que veo. Hoy va a ser otro gran día. Hoy me libero de mi carga.

“Si tienes una pierna rota te colocan un yeso y la gente puede darse cuenta de que tienes un problema. Pero cuando tienes un problema psicológico, no hay nada que lo haga visible y que muestre que necesitas ayuda” Marcus Trescothick.

 

***

 

Cerveza recién sacada de la nevera, bien fresquita y sin preguntar por qué después de entrenar. Gorros de ducha, payasos y la magia del carnaval. La Luna y su esplendor. La vida queridos amigos, la vida…


Alba Albaladejo es enfermera y exjugadora de balonmano. Su carrera deportiva la vivió en el Rocasa Remudas de Gran Canaria, con el que ganó una Copa de la Reina y una Challenge Cup. También se proclamó subcampeona de Europa júnior en 2007.


 

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1 respuesta

  1. Ele dice:

    Una gran jugadora y valiente

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