DERECHOS DE FORMACIÓN: ¿SÍ O NO?

Judit Blanco

Hoy en día vivimos en una sociedad economizada en la que todo se basa en poder obtener un beneficio monetario sobre un producto. Cada vez se habla más de los pagos de los derechos de formación, leemos incrédulos las cantidades que se abonan, normalmente por parte de los clubes más elitistas para hacerse con los servicios de los jugadores punteros de clubes más humildes.

El balonmano no queda exento de esta conciencia social, también está inmerso en esta red de intereses creados. Los derechos de formación son aquellos derechos que poseen las instituciones deportivas para cuidar su patrimonio cuando un deportista, que fue formado como tal en un club, decide cambiarse a otro. Estos derechos permiten que los clubes que trabajaron en la instrucción, formación y educación del deportista reciban una compensación por el trabajo realizado y los recursos invertidos en él.

No es ajeno para casi ningún club que alguno de sus jugadores punteros se marche a otro club con más nombre, generalmente espoleado por su entorno que le “asesora” respecto a la diferencia de nivel y calidad entre ambos equipos. La marcha rara vez se hace de una manera elegante, ni por parte del jugador ni por parte del club que se hace con sus servicios que, en casi todos los casos, obvia la cortesía y la deportividad, sin plantearse que sentimientos despertaría en ellos que otro conjunto se hiciera con los servicios de sus mejores jugadores.

Es conocido por todos que los clubes con más tirón llevan ventaja en este terreno por lo que los más modestos siempre seguirán siendo los más modestos al no poder contar con los mejores. La pescadilla que se muerde la cola, vaya. De esta manera, se generan en el deporte base las mismas circunstancias que suceden en las categorías profesionales. Todo ello por una reglamentación poco clara donde el club donante, que reclama el pago al club que le “roba” su estrella, parece atacar al equipo modesto al solicitar dicha cantidad y no se ve este acto como un derecho a ser indemnizado.

Entonces, yendo al grano. ¿Derechos de formación sí o no? La gran pregunta que todos nos hemos hecho algún día. Como en todo acuerdo, los derechos de formación traen una difícil conciliación. En mi opinión ni sí ni no, equilibrio y diálogo. Y más aún estando en plena sociedad dominada por las tecnologías de la información y la comunicación, sociedad en la que nos creemos expertos en las TIC (Tecnologías de la Información y la Comunicación), pero en realidad no llegamos ni a nivel amateur en ellas.

Por un lado, creo que sí deben de existir, aunque algunos me maten por esta afirmación. Y os razonaré porqué estoy a favor, simplemente por lógica y ética. Como he mencionado, generalmente, los clubes que se ven obligados a asumir el pago de estos derechos son los que más licencias tienen dentro de su comunidad autónoma y eso puede ser un tanto incomprensible en categorías base, debido a que si son los que más fichas tienen, hace pensar por qué necesitarían aún más niños. Además, por lo general absorben niños de los clubes más humildes o infravalorados, algo que tampoco es lógico. Es como si un rico le quitara la casa a un pobre para mejorarla, cuando él mismo tiene las mejores casas del mercado y los mejores constructores. Además me parecen necesarios, aunque los limitaría hasta la categoría cadete, no solo para igualar las competiciones, sino también para no echar por tierra todo el trabajo realizado por los clubes de origen, pues los equipos modestos ven en el pago de los derechos de formación la manera de limitar la fuga de jugadores.

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En cuanto a la ética, como bien he mencionado antes no sabemos comunicarnos, los clubes no saben gestionar movimientos de jugadores, no saben dialogar pacíficamente y llegar a acuerdos, al menos la gran mayoría, al menos en España. Entonces, ante la ineptitud nacen los derechos de formación, formación que tal vez se debería de impartir en ética y moralidad y no en ponerle freno a la “progresión” de un jugador que está practicando el deporte que más nos apasiona.

Por otro lado creo que los derechos de formación no deberían existir, mis razones son claras; el deportista en categoría base paga una cuota mensual, trimestral o anual para que le formen. Es decir, no debería existir un pago “extra” si decide cambiarse de club por unos motivos u otros, motivos personales al fin y al cabo. Además un jugador debería tener libre albedrío en su formación, pudiendo elegir dónde, cómo y cuándo formarse, no debiendo intervenir nadie en su toma de decisión.

En definitiva, la realidad es que los derechos de formación existen, están presentes y son utilizados por muchos clubes, con sus razones o no. Cada uno tenemos una opinión, refutable o no. Ahora, desde mi punto de vista creo que debería primar la felicidad del jugador.

Llamadme loca, pero de cada equipo que he dirigido no me olvidaría ni de un solo jugador y he tenido mucho cariño a todos y cada uno de ellos/as y, aunque me doliera en el alma no verle bajo mi batuta dentro del 40×20, no podría dormir cada noche sabiendo que hice a un solo jugador infeliz, o ya no eso sino sabiendo que le dejé un año sin poder disfrutar de aquello que tanto amamos.

¿Truco o trato?


Judit Blanco es periodista y comunicadora audiovisual. Jugadora y entrenadora de balonmano, actualmente dirige el alevín mixto y el cadete masculino del BM Torrejón. Además, es la delegada de la selección infantil femenina de Madrid.


 

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1 respuesta

  1. Jon Zabala dice:

    Sin dejar de darte la razón en muchas de las cosas que dices, hay una que quiero matizar. Cuando se habla de que los jugadores pagan una cuota y por eso no se deberían cobrar derechos de formación, no estoy de acuerdo, ya que esa cuota, en la mayoría de casos que conozco (hablo de Bizkaia), sólo cubren el seguro médico y el reconocimiento médico previo de cada jugador/a. La cuota no cubre lo que se paga a su entrenador, ni el material, ni los alquileres de las pistas (no, no siempre son gratis), ni los desplazamientos a partidos en bus pagado por el club, etc. Creo que todos estos gastos son una inversión que el club de origen ha hecho en el jugador y deben, de alguna manera ser resarcidos cuando el jugador y su entorno deciden marchar a otro club. Lo que igual habría que estudiar es la cuantía, pero creo que algo si tienen que recibir en compensación los clubes de origen.
    El problema es, como tú muy bien has dicho, que normalmente estos movimientos se realizan con poca elegancia y un mucho de prepotencia y manipulación por los equipos “grandes”. Y que además, hemos visto muchas veces el caso de “juguetes rotos” por jugadores/as a los que se les promete mucho y acaban dejándolo porque todas esas promesas para conseguir ficharle no se convierten en realidad. Esto hace que los clubes de origen sean muy reticentes a dejar marchar a sus jugadores/as libremente.

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